Desde el escaque, desde ese lugar que, plano en el espacio, es una sesentaycuatroava parte de la superficie que tiene el jugador de ajedrez para desarrollar su necesidad vital de movimiento. Desde ese cuadro de binaria necesidad quiero exponer aquellos pensamientos que voy desgranando en cada movimiento de mi vida.
Cada acontecimiento que se transforma en tal, cada acción que considero que debe ser dialogada, debatida, mostrada, esculpida, verbalizada, cada combinación de movimientos entre dos escaques que refleja una postura vital, una forma de entender el mundo que habitamos, que hacemos, que construimos al cruzar el tablero por la diagonal o al avanzar uno de nuestros peones.
Estas son las razones que me mueven a escribir en este cuaderno. Y lo hago desde el lugar que ocupo en cada momento, precisamente al posicionarme, al volverme sujeto de esos acontecimientos.
Aquellos que me conocen, saben que el ajedrez me ha perseguido (o yo a él) a lo largo de toda mi vida. Pero ha sido hace relativamente poco que he podido comprender que su importancia supera la de un medio para competir con otros. La idea misma de juego como representación, como puesta en escena de algo que no es exactamente lo que se lleva a cabo, me llevó a buscar más sobre su historia, sobre sus principios, y tal como aparece en la imagen de cabecera de este blog, el ajedrez es la escenificación de un diálogo de dos que pretenden saber más uno de otro, que buscan conocerse.
Está claro que puede usarse para distraerse, para buscar la autorrealización en una competición, o simplemente para llevar a cabo una serie de movimientos mecánicos, matemáticamente previstos, lógicamente coherentes. Pero también puede jugarse para comprender, para entender la manera de ver el mundo de la persona que tenemos enfrente.
Lo que busco es poner en práctica todo esto, lanzar envites a quienes me lean y quieran dialogar sobre lo expuesto, sobre lo que acontece en el mundo que conformamos.