Ayer, veinte personas, que dicen ser intelectuales, salieron en defensa de una virtuosa doncella que no pidió ayuda, pero que se vio mezclada en los corrillos de las lenguas, entre ministras, miembras e intelectuales. No quisiera yo enfangarla, pero como este asunto me duele, salto a la palestra, que no al ruedo, ya que eso sí que odio yo, lo taurino.
España y los toros, José Tomás y la selección de fútbol, enfrentados al caos lingüistico de las normalizaciones y las discriminaciones positivas. ¿Pero es que aún no hemos caído en la cuenta que discriminar positivamente siempre trae efectos de rebote? ¿Se puede dejar que en Madrid siga el cartel de la A-6 rezando «A Coruña», mientras que el de la A-1 reze Burgos, y en algún despiste Vitoria o Bilbao?
Estas controversias que se deben a las riñas sempiternas de los de siempre (valga el retruécano), sólo vienen a ocultar como bosque cerrado el verdadero problema. La realidad de un Estado con pluralidad de realidades culturales e ideomáticas, en el que entre ellas se vive dando la espalda a la realidad del otro, como en tantas y tantas otras cosas más. Por que esto no se arregla dando la batuta a unos y dejando a los otros de meros comparsas, sino que nos debería obligar a todos y todas, personas habitantes de este país, ciudadanos y ciudadanas de este estado, plural, diferenciado, rico, … nos obligaría, digo, a conocer lo suficiente de las diferentes lenguas, para poder apreciar nuestra riqueza cultural, y promover el conocimiento de las diversas lenguas en todas las demás regiones que no las hablan, no siendo un demérito tener una sóla lengua, sino una ventaja inmensa poder entender a otro conciudadano al visitar su ciudad, playas o monumentos, en su propia lengua, como él conoce la nuestra.
Pero leyendo estos manifiestos me pongo a pensar en el estado plurinacional que conformamos en Europa, y pienso en sus realidades lingüisticas… Es sencillo ver el ejemplo. Los portugueses cuando vienen a nuestro país intentan hablarnos en nuestro idioma; el españolito de a pie les habla en español en Lisboa. Aquí le ponemos cara de incomprensión, extrañeza, o cosas peores, mientras ellos nos reciben con el esfuerzo de atendernos en nuestro idioma. Fíjense en el primer párrafo del manifiesto y entenderán esto que digo, ya que nuestros pretendidos próceres de la lengua, colocan al castellano junto al chino y al inglés en relavancia y alcance; efectivamente, lenguas de culturas imperialistas que creen que lo suyo es lo bueno, y que lo de los demás es mediocre. Si una lengua vale más que otra porque va a servir conocerla en más sitios que otra, ¿qué valor tiene cualquier cultura de la amazonía, oceanía o las riberas del Níger?
¿Qué valores éticos rezuma este manifiesto, los de la confrontación constante y nunca el diálogo? ¿Qué consistencia en la herencia personal del que abandona su cultura haciendo ostentación manifiesta de ello? ¿Qué futuro, en fin, construir sin diálogo, cooperación e interculturalidad?
Después de esto me queda claro que en Senegal ( ya saben, en un país de esos donde la corrupción reina, el desorden gobierna y la incompetencia en desarrollo impera) saben cómo convivir mejor; claro, aquí sabemos quien reina, quien gobierna y quien impera.