Tras leer una entrada en el blog de mi amigo Juan Ignacio (Manutara, lo tenéis en el listado a la izquierda) me puse a recordar desde cuando nos conocíamos él y yo… y salió esto.
Llevaba yo unos 5 meses en mi primer trabajo estable, con unos breves 24 años, y corría el año 88. Lan Chile era una empresa con tintes de expansión por Europa, después de unos años de clara marcha atrás. Yo había entrado como «junior», fórmula preferida en mi país para referirse al antiguo botones, y ya había conseguido comenzar a realizar funciones en el aeropuerto. Me gustaba aquel trabajo que me acercaba al uso del ordenador, a una mecánica entretenida y al trato con gente muy diversa. Desde muy al principio recuerdo haber preguntado por un nombre que se repetía en muchos de los papeles que tenía que ordenar; Juan Ignacio Vera. El jefe de ventas, Antonio Velasco, hombre de maneras toscas, último producto del desarrollismo español (nacido en una portería de Chamberí, hecho a sí mismo, comenzó a trabajar de botones, y ascendió poco a poco en el mundo de las líneas aéreas…), respondía siempre con un gruñido desagradable a alguna pregunta sobre J.I.; y Lorenzo, … Lorenzo nunca se pringaba en nada. Si estaba Antonio delante lo ponía pingando, si no decía que había sido gerente en los tiempos difíciles de Lan, y poco más.
Un día de primavera, un lunes, porque era día de vuelo, entró una persona en la agencia con paso decidido. Yo estaba de pie tras los mostradores. Era mi actitud observadora de los momentos en los que no tenía nada específico que hacer, y aprendía mirando a los otros hacer reservas, constestar al teléfono o atender al público. Tras un frio saludo a Antonio me miró, extendió su mano y se produjo el primer apretón de manos. En realidad el apretón fue en un sólo sentido; esa decisión en la forma de entrar se confirmaba en la forma firme, dura, de saludar con ese apretón que tardabas en olvidar. Venía a entregar una carta si no recuerdo mal, para que fuera en el correo de la compañía, método rápido y seguro en una época en la que una carta podía tardar fácilmente diez días en llegar de Madrid a Santiago de Chile.
Después de eso se reprodujeron múltiples encuentros en diferentes eventos hasta que en 1991, un 14 de febrero, abandoné la empresa para comenzar la verdadera historia de mi vida. Una historia atípica de anormalidad, incertidumbre, inseguridad, pero en la que se trataba de coger las riendas. Es cierto que volvió a darse otro parón de largos años, pero ese había sido el principio… volvamos a J.I.
Era otoño del 94, y acabábamos de abrir nuestra agencia de viajes. El Llaima nos vigilaba desde cada papel, recordándonos la inestabilidad del volcán… Un día llamaron a la puerta. Yo estaba sentado en el mostrador, y al levantar la vista… allí estaba el nuevo apretón de manos y una gran sonrisa. Ambos habíamos cambiado de rumbos; Mundo Latino estaba en sus primeras épocas y buscaba anunciadores. Claro, una agencia de viajes dirigida al público latino era un cliente potencial. Fueron 5 años de relación comercial en la que fuimos viviendo nuestros triunfos y nuestros fracasos.
Tras nuestro gran fracaso y posterior liberación, vino otro alejamiento espacial. Extremadura y Madrid se fueron alejando, aunque durante este tiempo las nuevas tecnologías han suplido los kilómetros. Los fracasos nos terminaron de acercar, y en los bits nos mantenemos con el contacto necesario. Esos fracasos los hicimos triunfos. Ahora recuerdo a Antonio Velasco; hundido, sin afeitar, desastrado, sólo, paseando por sus pasos perdidos en la Pza España… eso sí era fracaso.