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Acerca de Juan Carlos Vila

Filósofo; dianoia y dialógica van unidas a la persona. Especialista en Charles Péguy, y Personalismo Comunitario. Chileno de nacimiento, extremeño de adopción. Profesor de secundaria en el Colegio Paideuterion de Cáceres.

Los Toros y la prohibición

Los dilemas falsos son los peores de resolver, porque ya desde el principio cargan con la trampa a cuestas. Y eso sucede con el tema de la prohibición de los Toros, en la que se maneja el eterno dilema liberal de prohibición sí o no, frente a un tema en el que están involucrados la cultura popular, las costumbres y los conceptos de arte, patrimonio y sufrimiento.

La mal llamada “fiesta” de los Toros, es un elemento cultural propio de la cultura española, de eso no cabe ninguna duda. Por ello está presente en el sur de Francia y en algunos países de latinoamérica (excluyo Portugal porque sus características son diferentes). Los elementos culturales van siendo transmitidos con más o menos cambios desde tiempos remotos como herencia cultural. Está claro que el toro es un animal que por su potencia física ha sido objeto de culto a todo lo largo del Mediterráneo, y ese culto normalmente conllevaba el enfrentamiento en busca de la victoria sobre esa representación del poder de la naturaleza y lo divino. Pero en el trascurso de la Historia se convirtió en un elemento de distracción del pueblo, en uno de esos elementos culturales que han trasladado su importancia de la finalidad religiosa a la de entretenimiento o refuerzo de la identidad, tal y como ha sucedido con las procesiones de Semana Santa. Así pues, siendo un elemento de la cultura, ya no es parte de la columna vertebral de ella.

Así comienzan a tomar relevancia elementos que hasta ahora eran irrelevantes, como el propio sujeto del acto, el animal. Y nuestra relación con él, que se establece a través del uso de otros animales (el caballo) y de varias personas que arriesgan su vida, cambia sustancialmente, convirtiéndose en un objeto de liberación de pasiones. Su sufrimiento, imposible de descartar, es el pago que debe hacer para nuestro entretenimiento, elemento mucho más valioso que su vida, la del caballo o la de aquellas personas involucradas. Y ahí aparece el factor de los posibles derechos de los animales, y el de nuestro deber con ellos. Infligir sufrimiento ha comenzado a ser inaceptable para el ser humano de nuestra época, por mucho que pueda parecer lo contrario. Todo aquello que lleve asociado el generar sufrimiento en otros seres vivos (a veces incluso con más interés si son animales diferentes a los humanos) se ve con desagrado, máxime si se disfruta con ello, y además se produce un beneficio económico por parte de terceros. Esto provoca repugnancia.

Así pues, tenemos a los que sienten repugnancia por el dolor al que se somete al animal, frente a los que defienden su contenido artístico y cultural. Tal como yo lo veo, no es aceptable provocar sufrimiento nunca de forma deliberada, y esto no puede formar parte de nuestra cultura. No hay arte en el sufrimiento ajeno, sea cual sea la especie del reino animal (incluida la humana) que lo sufra. Tampoco hay razones que lo justifiquen; por la misma razón que la ablación del clítoris es una aberración, matar a un toro en una plaza, lo es (teniendo en cuenta que la ablación además tiene todos los componentes de agresión de género sobre otro humano). Por ello, los Toros no son una fiesta sino una ejecución pública y lenta de un animal, criado ex-profeso para ello, y en consecuencia debe desaparecer.

Aquí topamos con nuestro segundo problema, el de la prohibición. Prohibir, o sea decretar que algo no puede hacerse es por definición malo. Se trata de un acto de poder por el que se pretende evitar que alguien desarrolle determinada actividad, incurriendo casi siempre en injusticias, ya que las cosas nunca son totalmente negras ni totalmente blancas. Como acto de poder es malo, como injusticia también. Y es aquí donde me sorprende encontrar a Fernando Savater haciendo un panegírico antiprohibicionista, alegando, no la injusticia del caso, sino la fiebre de prohibiciones que a su parecer crece sin cesar. Savater es un adalid de la prohibición de partidos políticos, que ilegaliza ideas políticas, las que a él le parecen y al estado también; no recuerdo la ilegalización de los partidos de ideología similar a la nazi, lo que por lógica simple nos llevaría a pensar que se es filonazi (consecuencia que no pretendo afirmar, pero sí provocar en el lector).

La prohibición de los Toros por un parlamento, no deja de ser un acto de poder llevado a cabo por unas personas elegidas para representar a un colectivo (con todo lo cuestionable que es esto como sistema) y que se arrogan el derecho de decidir en cualquier materia que se les ponga por delante. No me gusta ese camino. Pero he de reconocer que me alegra el cambio sustancial que refleja en la opinión del común frente a un tema que era tabú hace 10 años. Me alegra pensar que cada vez será más difícil desarrollar una actividad en la que se disfrute impunemente con el sufrimiento ajeno. Pero me alegraría infinitamente más ver que las personas que habitan en países donde se llevan a cabo actos como estos, deciden no asistir a ellos, y por tanto convertirlos en imposibles, de la misma manera que me gustaría ver a gente negándose a trabajar en una empresa militar, en un banco o en el ejército.

Traducción de «El anarquismo político»

Aquí les comparto la traducción que he realizado de una conferencia que Charle Péguy dio en tres sesiones en los meses de enero y febrero de 1904, y que aparecen como reproducción de la dactilografía que se llevó a cabo durante sus conferencia, en los anexos «Noticias, notas y varios» al final del tomo editado en 1987 por la Ed. Gallimard titulado «Oeuvres en prose completes» págs. 1793 y 1827.

Espero en breve que el trabajo que he realizado al rededor de dicho texto aparezca publicado en la revista Logos de la Univ. Católica de Costa Rica y una versión reducida y adaptada en la Revista Ofoq (Horizontes) de la Academia de Pensamiento Popular de Trípoli (Libia). En su momento les compartiré enlaces y textos.

Mientras, el texto lo pueden leer pinchando aquí: «El anarquismo político».

Un texto sobre educación

En una reciente traducción que he realizado de una conferencia sobre el Anarquismo Político, que dio Péguy en 1904, se encuentra el siguiente texto, que creo es de una claridad diáfana. Disfrútenlo.

El maestro, siendo en general autoritario, intenta aprovecharse de que enseña a leer para hacer leer preferentemente ciertas lecturas y no otras; se aprovecha de que enseña a escribir para que se practique escribiendo determinadas cosas y no otras; donde se le pide al maestro que enseñe a leer y a escribir, no solamente lo enseña sino que enseña más unas cosas que otras.

He aquí el sofisma del monopolio. Se comete (¿tendré que decirlo todavía?) por todos los partidos reaccionarios. Lo hemos visto cometer por los reaccionarios de derecha cuando estos eran los más fuertes; lo hemos visto en nombre de la Iglesia, en nombre del Catolicismo; lo hemos visto cometer todos los días en nombre de los partidos reaccionarios de izquierda, en nombre del Estado. Si ustedes quieren convencerse, no tienen más que abrir uno de esos libros que se les da a los niños en las escuelas primarias. Cuando hay una reacción de derechas, podrán verificar desde las primeras paginas, que no hay otro tema que el de Dios y la religión, a una edad en la que los niños no pueden comprenderlo. Todo esto viene a decir que cuando el maestro es un reaccionario de derechas aprovecha que las familias le confían a los niños para enseñarles a leer, haciéndoles leer cosas sobre la religión y la divinidad. Y si ustedes quieren convencerse de que el mismo trabajo se hace en nombre del estado, cuando hay una reacción de izquierdas, no tienen más que leer alguno de esos libros que se les da a los niños en las escuelas laicas, donde sin cesar se habla del Estado desde las primeras páginas, en el mismo tono y del mismo modo que los católicos hablan de Dios.

Así, todo el sofisma del monopolio reside aquí. Por causas económicas y sociales, las funciones de enseñanza se han especializado en la sociedad. Dado que no todo el mundo puede enseñar a sus hijos directamente, un cierto número de ciudadanos son encargados de impartir la enseñanza. Pero ¿qué es dar enseñanza? Primitivamente se trataba de preparar a los niños para el trabajo intelectual, y no de aprovechar lo que se le enseñaba para orientar su trabajo. El sofisma consiste en esto: que a estos niños que se confían al maestro para enseñarles los instrumentos del trabajo intelectual, el maestro aprovecha no sólo para esto, sino para obtener resultados inmediatos, no esperando a que el alumno los obtenga. Que estos resultados sean legítimos es otra cuestión, y todas las opiniones libres son respetables. Lo que digo es que estos resultados le son dados a los niños antes del trabajo de elaboración personal que sería precisamente lo que les hiciera respetables; se sirven una vez más, y no puedo encontrar una formula más sobrecogedora, se sirven de que están encargados de enseñar a leer para hacer leer tal obra más que tal otra.

La tentación del poder

Pocos hablan de la tentación del poder, de lo que supone combinar los deseos de un mundo mejor posible y verlo hecho realidad. No hablo de la tentación en la que sucumbe la mayoría, que es la de la efectividad, o la eficacia, que es la de un poder basado en la sumisión de otros en favor de un bien para uno mismo o sus amigos. Hablo de la tentación del poder para intentar cambiar las cosas, el poder que te acerca al ideal que persigues; ese del bien común.

No dudo que en 1789 hubiera muchos tentados de ambos tipos; aquellos que veían la oportunidad de una vuelta de la tortilla donde las cosas cambiaran para que nada cambiara; y aquellos otros que desearan fervientemente hacer realidad el lema LEF (Libertad, Igualdad y Fraternidad) en el mundo. Y seguro que entre los Jacobinos había más de estos últimos que de los primeros, pues cuando se sucumbe a la tentación, es mucha la pasión desatada por conseguir el bien común. Es tanta que se puede ir directamente con el lema con tal de conseguirlo.

La rusa también debió de tener ambas formas, como la española, la cubana, la chilena, la nicaragüense… Oportunistas y bien intencionados tentados por la peor forma del mal; el disfrazado de bien.

Y todo esto, ¿a qué viene? Pues a que tengo que agradecer a determinadas personas, que en cualquier caso me siguen pareciendo detestables, el hecho de haberme descubierto tentado, quizás por su propia tentación, pero lo más importante es que me han permitido descubrir que esa tentación siempre «vive arriba», siempre se encuentra a un paso, a la vuelta de una esquina o del rellano de la escalera, en cualquiera de esas situaciones donde nuestra «buena voluntad» siempre encuentra justificación para acomodarse al ejercicio del poder. Ahora la perspectiva me permite darme cuenta con cuanta frecuencia me he visto en esa tesitura.

Un anarquista convencido de que la responsabilidad y la libertad van unidas, que la revolución será personal o no será, que el poder corrompe, debería tener siempre presente que la asunción de puestos de poder en una situación de desigualdad en la toma de responsabilidades conlleva necesariamente la tentación de la eficacia, la tentación de la asunción de responsabilidades sobrevenidas. La comodidad es la baza fundamental de los que se subordinan con facilidad ante los que se responsabilizan con su equivalente opuesta. Y esa comodidad permite que seamos «buenos líderes», tentados por las bondades del ejercicio del poder.

Nunca obtendremos el objetivo deseado por ese camino. El objetivo comunitario de mi visión del anarquismo, la comunidad de personas que se responsabilizan unas de otras y todas por el que sufre («La religión verdadera y perfecta ante Dios, nuestro Padre, consiste en esto: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades y no contaminarse con la corrupción de este mundo.» Carta a Santiago 1, 27), no es nada sin la revolución interior, sin la metanoia. Una transformación  interior que nos permite ser sensibles a esa tentación del poder.

Sólo cuando uno ha caído en el error puede descubrirlo y corregir el rumbo. Primero distancia, aplacar la soberbia del que cree tener la fórmula mágica, y desde entonces reconocer el peligro lo antes posible. La eficacia es como la seguridad, un sentimiento burgués y moderno, que nos ciega ante el peligro de la asunción de responsabilidades que excede al bien comunitario. Por ello la democracia representativa es un fraude, es el mito de la eficacia puesto en marcha por mentes jacobinas. Cada uno lleva su tentación a cuestas.

Péguy contra el moralismo

Así se titula un post que he localizado gracias a la página de Péguy en Facebook que abrió mi amigo Gabriel Leal y a la que me invitó a ser administrador. Habrá que invitarlo también a él a administrar este sitio, no?

La Revista Electrónica Conspiratio ha incluido un breve texto de la Note conjointe que no tiene desperdicio y que les cito aquí tal como la traducen los amigos de Conspiratio:

La “gente bien” es impermeable a la gracia.

Es éste un problema de física molecular y globular. Eso que llamamos moral es un unto que hace al hombre impermeable a la gracia. De ahí que la gracia obre en los peores criminales y levante a los miserables pecadores. Lo consigue porque empezó penetrándolos, pudo penetrarlos. De ahí también que, si nuestros seres más queridos están, por desgracia, untados de moral, son, para la gracia, inatacables, impermeables. Empieza por no poder penetrarlos. Desde la epidermis. Son impenetrables absolutamente, en su totalidad, porque están untados, porque son impenetrables en el punto sensible a la mojadura, en la superficie de mojadura, que constituye el origen y la superficie de pentración. (…)

Por eso nada es tan contrario a lo que se llama (con un vocablo algo averonzado) religión, como lo que se llama moral. La moral recubre al hombre contra la gracia. (…) La moral es una propiedad, un régimen y, con seguridad, un gusto por la propiedad. La moral nos hace propietarios de nuestras pobres virtudes. La gracia nos da una familia y una raza. La gracia nos hace hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.

La permeabilidad, la mojadura, el unto… sensaciones tan físicas, pero en un punto tan a flor de piel (literalmente) que se rozan con lo espiritual. Esa pátina moral que recubre a toda institución que legisla o deslegitima, impidiendo toda la porosidad que necesita la persona en su crecimiento para absorber la diferencia. Unas virtudes mal entendidas, que se confunden con algo poseído, momento en el que se marchitan como la margarita que cortamos en primavera, y que a penas sobrevive unas horas. Una ley que convierte en legal el hambre y la pobreza.

Un comentario a la Verónica

En el blog de Marcelo L. Cambronero , joven profesor de filosofía, doctorado con una magnífica tesis sobre Berdiáev, aparece un comentario a la edición de la Verónica de la que hablábamos en nuestro anterior post. Puede resultar de mucha ayuda para su comprensión. Simplemente detallar que es una visión desde un posicionamiento católico, en el que faltarían algunos aspectos que abordar, como su relación con la otra obra mencionada, Clio. Os animo a leerlo atentamente.

A tal democracia, tal justicia

Al sistema que sustentamos día a día le corresponde la justicia que con la misma frecuencia apoyamos. Y hablo de democracia y justicia en minúsculas porque no se trata en ninguno de los casos de aquellos conceptos magníficos y grandilocuentes que defendían los ilustrados. Simplemente son lo nombres más habituales con los que designamos al sistema político y judicial respectivamente imperantes.

Un sistema racionalmente desproporcional debe estar acompañado de un criterio de justicia, injusto. La posmodernidad ha santificado esta democracia, como también lo ha hecho con esta justicia, y ahora ya no sabe qué hacer con ellas. ¿Se puede ser justo cuando se pide encarcelar a niñ@s de 12 años? ¿Se puede ser justo mientras se mantiene a presos en las cárceles que ya han cumplido su pena sobradamente? ¿Se puede exigir la pena de muerte para alguien que aún no ha pasado por un tribunal?

Estas preguntas son parte del miedo a la inseguridad. El temor al otro se puede radicalizar de forma insospechada tanto en el tiempo como en la magnitud, de manera que podemos generar pánico simplemente con el tintado excesivo de una fotografía (como sucedió en la portada de El Mundo el día del atentado del metro de Moscú), o se puede incitar al linchamiento avanzando especulaciones sobre la muerte de una menor. Y el sistema lo admite, y lo hace en pro de la libertad de conciencia y de expresión. Libertades que ya no son tan bien vistas cuando lo que se pretende es denunciar esos excesos.

La misericordia queda muy lejos del entendimiento general, y normalmente se la ve como una estupidez. Transformar el sistema penal en el sentido de trabajar la reinserción con más ahínco que el encierro punitivo sería más barato, más efectivo y más humano; pero vamos a endurecer el código penal para ir un poco más en contra de la propia Constitución, alejándonos de la reincorporación de aquellos y aquellas que se equivocaron, para encerrarlos en lugares cada vez más hacinados y menos humanizantes, para que al salir no encuentren otro camino que el de la vuelta a prisión. Preferimos pensar que la judicialización, la ejecución de lo punitivo, es mucho mejor que la reinserción y la negociación.

Ya lo he dicho más de una vez, pero no me cansaré de decirlo. Mientras no acabemos radicalmente con el Derecho como lo entendemos hoy, no habrá cabida para las personas en este mundo, sino para las cosas poseídas por unos pocos, que son las que mandan sobre cualquier línea del código penal, civil o administrativo. Hay que reconstruir desde cero para acercarse a un Derecho Social y no Mercantil, donde sea imposible que una empresa tenga los derechos de una persona. Recordemos que nuestro sistema se basa en un reparto de poderes, y nunca tomamos en cuenta el alcance del Poder Judicial; atentos, no se habla de Justicia, sino de la ejecución de la interpretación de la misma por un juez.

Ley antidescargas, ley contra el compartir.

Internet ha venido a visibilizar algunas actitudes del ser humano que cada vez pasaban más desapercibidas, como es el caso de compartir. Hacer parte a los demás de lo que en un momento determinado tengo acceso, bien por posesión, bien por uso, bien por acceso a otro proceso de compartición, es a lo que nos referimos con la palabra «compartir». Y eso está en las antípodas de la economía liberal, capitalista, o como quiera que la llamemos. Es su enemiga más peligrosa, es el antídoto contra el tener, contra el poseer. Recordemos que el sustento del derecho, de nuestra sociedad como hoy la conocemos es la propiedad, y por lo tanto su salvaguarda y acrecentamiento son el «sentido de la vida» del sistema en el que estamos inmersos. Cualquier acción en su contra es un peligro, y debe lucharse contra ello.

Aunque me desvié durante unas líneas, precisamente una de las consecuencias de la obtención del estatus de «religión de estado» del cristianismo, fue abandonar toda idea de comunidad de bienes para la sociedad. Se dejaba para los conventos y el reino de Dios. Una de las esencias de cristianismo se veía supeditada a la razón de estado; atesorar.

Pues bien, internet nació por y para compartir. Se comenzó compartiendo conocimiento, investigaciones, procesos. Después se pasó a los contenidos. Y esos contenidos comenzaron a rodar de una manera exponencialmente acrecentadora año a año primero, luego día a día,… hoy segundo a segundo. Se trata de una herramienta que ha desbordado y desborda todas las previsiones que se hacen y revisan, de su alcance, de su impacto en el entorno. Y durante mucho tiempo ha escapado a las garras más dramáticas del sistema. La peor de muchas es eso de los derechos de autor.

Reconocer la autoría es algo que está bien. El tener derechos sobre lo creado, tiene un alcance mucho más complejo. Si al referirnos a ellos lo hacemos en el sentido de reconocer la autoría, y no malutilizar lo creado por otros, podríamos estar de acuerdo todos. Pero si con ello nos referimos a que alguien debe cobrar un dinero eternamente (o casi, al menos en cuanto a se es eterno mientras se vive) por el hecho de haber escrito, compuesto, dirigido,… ya no está tan claro, ya que estamos dando un estatus de propiedad a algo que se hace para que otros lo disfruten, o sea que producimos para venderlo, para comerciar con ello. Curiosamente ese estatus no se le da al producto del trabajo, pues sólo se cobra una vez (y eso con suerte) por eso que se ha creado, y después es otro el que se beneficia (económicamente) de ese producto.

Si a eso añadimos la entidad que «gestiona» esos derechos, que genera un dinero adicional al que reparte… que cobra por cada vez que alguien reproduce en algún sitio una música, o tiene posibilidad de hacerlo… estamos ante una entidad que tiene en el abuso y el sobrelucro su esencia más profunda.

Pero, ¿que hace el que comparte una película en internet? Una película genera unos fondos multimillonarios a su alrededor. Hablamos de muchos millones de euros de beneficios, que se reparten entre todos los que han participado en su creación, pero que fundamentalmente se quedan en la productora y la distribuidora. Es el mismo funcionamiento que con un tomate. Quien más se lleva es quien lo mueve de un sitio a otro y quien ha puesto el dinero para que ese tomate se produzca (el banco). El agricultor se lleva una parte ínfima. Los actores y actrices, así como director y guionista, se llevan una parte nada despreciable, sobretodo cuando hablamos de Hollywood, pero mucho más pequeña que la de productores y distribuidores. Y esto son los perjudicados con el P2P o las páginas de enlaces. Una persona que consigue grabar una película de estreno, o la obtiene de otro país y lo que consigue es la grabación del audio en castellano, es posible que reciba un dinero por ello, pero también que no. Que lo haga porque es algo que le parece bien, divertido, o justo. Ello depende de que la cuelgue de una web que tiene publicidad o no. Hay webs que ganan dinero con esos métodos, otras existen para servir de base a esos enlaces que llevan hasta quienes cuelgan las películas.

Hoy se quejan de que el negocio empieza a no serlo tanto; es como los bancos, que han dejado de ganar 5.000 millones para ganar 3.000 millones, es un verdadero desastre (!!!). Que la gente deja de ir al cine porque ve los estrenos en internet… ¿alguien ha hecho la investigación para saber cuantos de esos van al cine después para ver la película en el cine? No, eso no interesa. Pero lo que es realmente peligroso, es que la gente actúa en la mayor parte de los casos de forma desinteresada. Y eso es una actividad altamente peligrosa para el sistema.

He de reconocer que hay series de televisión que me gustan; Gallactica, House,… Hace años que no tengo televisión en casa, y eso me impediría verlas si no hubiera gente que semana a semana las sube a algún servidor desde el que verlas. No las veo con publicidad, aprendo de ellas cuando es el caso, o me divierto, actividad por lo demás más que saludable. Vivo en una zona rural, y para ir al cine tendría que desplazarme 130kms contando ida y vuelta, lo que supondría un gasto en gasoil a añadir al de las entradas (3 o 4), y la necesidad de contar con al menos 4 horas para destinar a la ida y vuelta más la propia película. Realmente quien sale perdiendo con el que alguien comparta la película en internet es el sistema. Yo dejo de consumir. Dejo de hacer circular el dinero por donde me dicen y decido donde, cuando, y para qué lo destino.

Epílogo. Era el primer año del siglo XX, París. En la sede de los Cahiers de la Quinzaine, su gerente y su secretario idearon una forma de hacer llegar los artículos de revistas como la suya a quienes no podían permitirse pagar más de una suscripción anual (o nisiquiera ninguna), aquellos que daban sus vidas en las fábricas del sistema. Solicitaron que todos aquellos de sus suscriptores que tuvieran alguna suscripción más, les hicieran llegar los números atrasados de esas otras revistas, y simultáneamente preguntaron quien querría qué revista a la que no tenía acceso. Con ambas bases de datos (recordemos que manuales), comenzaron el arduo trabajo de hacer circular números atrasados de revistas, con la única condición de que quien devolvía la revista debía hacerlo con el sello de correos para el envío siguiente. Era un P2P por correo postal ordinario cien años antes de que comenzara el otro. Se compartía conocimiento, se ponía al servicio de quienes menos podían pero que tenían derecho a ello, un derecho no económico, sino moral. Era la forma de hacer la Revolución de Charles Péguy.

Hablando de cine y religión II

Pues continúo con el tema y el ámbito, pero esta vez es «El libro de Eli». Se trata de una película más con trasfondo apocalíptico, de las que han venido abundando siguiendo una estela que se remonta en el tiempo con «Mad Max». «Soy Leyenda», «The Road» y la que nos ocupa serían las más modernas, y de las tres la mejor de todas es ésta última. De esta no voy a comentar nada, porque me remito a lo que ya ha dicho mi esposa sobre ella en su blog, y de la primera, a parte de que Will Smith es un actor que me gusta y que mejora a su predecesora en el tiempo «El último hombre… vivo» (de los 70, y con un Charlton Heston haciendo lo que mejor sabía, sostener un rifle con sus dedos,… aún vivos), aunque desconozco a la anterior de Vincent Price, no pasa de ser una buena trama para entretener.

Pero «El Libro de Eli» tiene la particularidad de referirse a algo que abordaba en mi anterior post; la religión. Eli es un hombre que protege a toda costa el último ejemplar de la Biblia que existe en el mundo (conocido al menos, o sea los USA, como suele ser habitual en estas situaciones), que se considera protegido por él, y con la misión de llevarlo a un lugar «donde sus palabras tengan quien las escuche». Pero en los 30 años que lleva vagando cruzando el continente, se ha aprendido de memoria el libro completo. Su alter ego, el villano, es el personaje que interpreta el siempre magnífico Gary Oldman. Que busca incesantemente ese ejemplar, ya que lo necesita para completar su plan de convertirse en un lider entre los parias. Conoce el poder de sus palabras, y quiere utilizarlas para someter al resto.

¿Pueden ser unas palabras tan potentes como para liberar o someter? ¿Donde está la diferencia, si es que existe? Pueden, claro que pueden. Las palabras son nuestra forma de comunicar más elaborada, son nuestro paso particular hacia un nuevo estadio en la transformación de la humanidad, de ser humanos. Nos han permitido conceptualizar, elaborar teorías, desarrollarlas, y lo que es más increíble, comunicarlas, hacérselas comprensibles a otros, de manera que puedan repetirlas. Las palabras del Libro (usando la terminología de las tres grandes religiones monoteístas) han tenido y siguen teniendo un papel clave en el desarrollo, no sólo espiritual, sino político, del proceso de personalización de nuestra especie. Es portador de mensajes muy contradictorios, pero muy potentes. Porta en su seno el mensaje legislativo y moral más antiguo que poseemos, la que llamamos Ley del Talión, además de una muestra base de los relatos de la creación, y el desarrollo de la leyes dadas directamente por el creador. Pero también lleva el más innovador de todos.

Eli, que no lleva ese nombre por casualidad, resume en una sola frase el contenido del libro, cuando otro personaje le pide un resumen; hacer por el prójimo más de lo que hagas por ti mismo. De un plumazo han desaparecido la venganza, las leyes punitivas, el miedo al poder de Dios, el Apocalipsis y las interpretaciones de conversos mal intencionados. Todo reducido a interpretar las dos frases más importantes, el objetivo real de todo ese libro, que era llegar a la conclusión básica, al verdadero mensaje; reflejar hacia los demás, más aún de lo que soy, me doy, recibo y encuentro.

Pero ese mensaje no habla de estructuras, de piedras sobre las que cimentar nada futuro, no habla de quien gestiona la ley, no habla de quien la da, ni de quien la quita, no habla de castigos. Todo esto, que son las armas que pueden servir a intereses humanos, construidos sobre el sufrimiento de otros humanos, no es lo que tiene valor en el libro. Por eso debe llegar a donde lo escuchen, pero no una escucha cualquiera, sino la del que quiere escuchar; «quien tenga oídos, que escuche».

Lástima que el mensaje quede aderezado con tanta violencia como la que se ve en esta película de los hermanos Huges. Sucede como en Matrix; un contenido tan interesante, con tanto que entender, con tanto por explicar, que para llegar a las grandes salas tenga que hacerlo en este envoltorio. Por lo demás la película termina de una forma incomprensible; después de haber resumido el mensaje del libro tan bellamente, lo que realmente importa es la conservación del libro físico, y su inclusión en una nueva biblioteca alejandrina situada en la antigua prisión de Alcatraz, en la bahía de un devastado San Francisco.

Es el eterno retorno del mito ilustrado, moderno, de la conservación del conocimiento como valor en sí mismo, una mística mal entendida del libro en papel, y del conocimiento mismo, que parece que sólo existieran para ser atesorados, sin recordar el mensaje que nos legó Tolkien; convertir en tesoro lo inabarcable nos convierte en enemigos de nosotros mismos.