Un juguetito de un millón de euros

Acabo de ver y leer sobre el TAURUS, nuestro (sí, lo hemos pagado entre todos y todas los que tenemos DNI y algunos con NIE) juguetito más destructivo. Digamos que es aquello que el ejercito español se ha comprado para decirle a sus vecinos que la tiene más grande, y me refiero al arma de destrucción más grande, no vayan ustedes a pensar.

Este aparatoso misil de medio alcance puede ser disparado por uno de nuestros F-18 (también pagados por los mismos y mismas de antes, sólo que hace algo más de tiempo) tras una costosa adaptación de 4 años de trabajo, a una distancia del blanco equivalente a la que hay entre Madrid y Alicante, pudiendo introducirla por una ventana y con una gran capacidad destructiva. Cada uno de los 46 misiles costaba cerca del millón de euros, sin contar otras zarandajillas. La última los casi 700 mil euros que ha costado ir a probarlos a Sudáfrica, donde había un lugar lo suficientemente grande (y endeudado, claro) para evaluar su efectividad.

Hablamos de una inversión de 60 millones de euros. Cada uno hemos puesto un euro y medio de nuestros impuestos para comprar estos aparatitos; mi familia ha puesto 6 euros. En mi casa vamos a tener la posibilidad de decir, que tenemos la diezmillonésima parte de responsabilidad directa en la destrucción de aquello contra lo que se utilice. Algo tan simple como ceder una parte de nuestra responsabilidad en un pequeño grupo de burócratas y militares, que en un momento puedan a su vez cederle la responsabilidad a un piloto que pueda apretar un botón desde aguas internacionales mediterránea y destruir un objetivo en algún lugar del desierto argelino, por poner un ejemplo futurible. Me han obligado a pagar para tener la posibilidad de matar o destruir mejor, más efectivamente.

Por otra parte, con ese dinero se cubriría el plan cuatrienal de cooperación al desarrollo de alguna comunidad autónoma, por ejemplo de Extremadura. O porqué no, se doblaría repentinamente, y entonces quizás podría aventurarme a pensar (eso si se utilizara bien) que habríamos contribuido a cederle la responsabilidad de ayudar a otros a algunas personas que se encuentra en mi propia comunidad, o en Camerún, o Guatemala. Cuando lo pienso, esta segunda opción me deja mucho más satisfecho, más tranquilo en cuanto al uso de mi solidaria contribución a las arcas del estado.

Pero no se preocupen demasiado económicamente. Ese gasto lo hemos recuperado con creces sólo con el comercio de armas que nuestro estado ha llevado a cabo con Marruecos. Con esos beneficios obtenidos de venderles armas, fabricadas por algunas y algunos de nosotros, a nuestro “enemigo natural”, hemos pagado esa inversión en seguridad nacional que nos defienda de ese mismo “enemigo” y otros potenciales, y además hemos cubierto lo que nos gastamos en publicidad para auto engañarnos diciéndonos que tenemos un ejército para misiones de paz y humanitarias.

Por cierto, esto podríamos extrapolarlo a otros lugares. Podría estar escribiendo desde Chile, cambiando algunas palabras y países.

A todas y todos nos engañan, o nos ayudan a autoengañarnos. Si tenemos tanto interés en que se controle a cada organización que le damos 60 mil euros para ayuda humanitaria, ¿porqué no tenemos el mismo interés en que se controle al estado en lo que invierte mil veces más para objetivos “menos” constructivos?

Obama, los periodistas y los localismos

Tenemos una especie muy particular de periodistas en este país. Habitualmente centrados en lo local, en primar la importancia sobre el terruño de lo que se cuenta, como en el caso de Lluc, el nuevo ejemplar de simio que se ha encontrado en Barcelona, y que según sus descubridores es un importante eslabón de la evolución de los primates hacia la línea de los homo, de la que provendríamos nosotros y nosotras, pero que los periodistas se empeñan en calificar como el primer homínido, que por supuesto sería mediterraneo, español o catalán según los intereses de cada uno.

Pero esos localismos, se hacen muy patentes en la información internacional. Del importante discurso del presidente de los EEUU de América, Barack Obama, en El Cairo, los periodistas españoles han destacado dos cuestiones que me provocan verguenza e ira en partes iguales.

Como Obama no mencionó a Zapatero al alabar Alianza de Civilizaciones ya se ve como un agravio, ya que os elogios fueron para los esfuerzos turcos. Tomando en cuenta que el discurso iba dirigido al mundo islámico, es más que razonable que fueran los indudables esfuerzos puestos por Turquía, que en España siempre se pasan por alto, para poner en marcha junto a Zapatero una línea de trabajo tan contracorriente como esa. Era el momento de priorizarlo, y con justicia lo hizo. Pero aquí pareció un desplante, un olvido de la importancia de nuestro puesto en el mundo. Pienso que probablemente por un exceso de enanismo mental que les hace pensar que cuando no se habla de España es porque no se nos valora o quiere.

Y la perla llega con la tan traida y llevada errata que Obama habría cometido al decir que «El Islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia. Lo vemos en la historia de
Andalucía y Córdoba durante la Inquisición.» (traducción del discurso colgada por El País). En Radio Nacional de España se mofaron del supuesto error cada vez que comentaron el discurso, y ahora quizás habría que hablar de la incultura manifestada por quienes así reaccionaron, al recordarles que la Inquisición no fue patrimonio español, ni tampoco tuvo su origen en España, sino en el Languedoc francés en el 1184 para reprimir las herejías cátaras, extendiéndose a mitad del siglo siguiente a Aragón. En ese momento coincidía con el califato de Córdoba, ya que este fue conquistado por el rey castellano leonés también a mediados de ese siglo.

Incultura, mofa, falta de respeto, ombliguismo,… hay muchas otras ocasiones que podría traer a colación, pero con estas creo que bastan por hoy.

Aborto y abusos; ¿quien dice algo peor?

Poner en relación el aborto, sus consecuencias, la leyes que lo regulan o lo prohiben o permiten, los abusos a menores y sus implicaciones en cualquier institución, es una falta de criterio moral por cualquiera de las partes que lo han estado tratando.

El cardenal Cañizares no merece estar dentro de la Iglesia Católica, y mucho menos ser miembro de su sacerdocio ni ningún cargo en ella. Ha demostrado su inexistente capacidad moral al pretender hacer una gradación entre estos dos temas. Me imagino que en próximas entregas hará la comparación de que cuando se quemaba herejes era algo más grave que cuando se combatía al infiel en tierra santa por mandato del Papa.. porque matar en la guerra es menos malo que matar en la hoguera tras un juicio. ¿Se puede hacer una graduación moral del hecho de matar? ¿En qué lugar se le enseñó a este señor lo que eran ética y moral, lo que eran la misericordia y el amor? Repugna a los oídos del creyente tanto como del ateo, escuchar estas barbaridades sin sentido.

Pero claro, en la búsqueda de quien da más, siempre encontramos al que está dispuesto a decirla más grande, y para eso tenemos al señor Mayor Oreja, que pretende representar en Europa a una parte de los españoles. No sólo lo ha justificado, sino que ha considerado «exacta» su gradación, con lo que se ha convertido en censor moral y ético, poseedor de la medida concreta de las maldades del mundo para ser graduadas según su baremo. Lo malo, es que muchos aceptarán esas palabras sin crítica, y le darán su beneplácito para representarles, sin darse cuenta de que se convierten en la misma escoria.

Y no contentos aún con tanto devarío, llega una jovencita subida a altos cargos por el otro partido en cuestión, Bibiana Aído, ministra de igualdad, y con gran conocimiento científico, biológico y de la genealogía humana, se permite afirmar que un feto de 13 semanas es un ser vivo, pero no un ser humano. Consecuencia, que dado que ella sabe de igualdad, concede su vara gradométrica, para afirmar que es lícito matar a un ser vivo de 13 semanas, porque no es un ser humano. Me imagino, que cuando cumple 22, el soplo de la inteligencia humana viene sobre ese feto para alcanzarle la diferencia en ese punto exacto, y ya nos impide acabar con él. ¿Como puede alguien hacerse tales disquisiciones con la misma tranquilidad del que se toma una cerveza?

La discusión del aborto no puede banalizarse de esta manera, simplona y rastrera, medida en semanas donde somos incapaces de medir ni siquiera en días; pero igual en bajeza es comparar abusos contra la voluntad de menores con el aborto para hacer gradaciones.

Pero claro, quien no sabe si usar la propiedad pública en beneficio privado es lícito o no, o simplemente un arma arrojadiza en tiempos de elecciones, tampoco es capaz de entrar en cuestiones más complejas y se embarra en lodos que no salen con ningún agua, ni siquiera bendita.

Será que ir retirando la filosofía de los planes de estudio es parte de un plan premeditado para conseguir que la gente piense menos aún, y sea menos capaz de analizar tan bellacas palabras de estos que se encuentran en la cúpula del poder.

La tierra otro bien escaso

Como viene pasando últimamente, lo que antes nos parecían obviedades ahora se han convertido en cuestionables afirmaciones; que el agua, la tierra y el aire son de todos es una de ellas. En este mundo mercantilista y neoliberal, especulador y explotador, inversores y corporaciones llevan algunos años desembarcando en los paises del sur, esos que llamamos también empobrecidos, y que ellos llaman en vías de desarrollo o directamente subdesarrollados.Y desembarcando para hacerse con el agua, con el derecho de explotación, e incluso con la propiedad del agua, de sus cauces naturales. También con los derechos por el aire limpio. Y ahora también la tierra. Países con poco terreno y con miedo al hambre, como Corea del Sur, están comprando millones de hectáreas en África, con la intención de explotarlas, hasta su último aliento. En particular, la Daewoo tiene previsto, si el gobierno de Madagascar no consigue impedirlo, comprar la mitad de la tierra cultivable de la isla para producir alimentos para los obreros de esa multinacional, que nos construyen electrodomésticos y coches a los consumidores del mundo.

Mientras, el hambre corroerá aún más las entrañas de África. La tierra, el último tesoro que les quedaba por perder, se encuentra en la mira de unos atemorizados inversores que buscan la seguridad de sus fondos, y la seguridad de sus y nuestros estómagos. La Fao lo sabe, acaba de publicar un informe sobre el tema y desde la ONU se sigue hablando de los logros en los Objetivos del Milenio.

Podemos seguir insistiendo en consumir desesperadamente ignorando su relación con el medio ambiente y nuestro futuro posible, y con el futuro y el presente de personas como nosotros que luchan por sobrevivir. En Argentina y Chile pierden la posibilidad de decidir sobre el uso del agua y de sus recursos hídricos; en África pronto no habrá tierras que ocupar, o huertos donde plantar las hortalizas de subsistencia; en Asia pronto no habrá aire y agua que poder utilizar. Nos asustamos ante la idea del decrecimiento, más se asustan los que aún no han podido llegar a nuestros niveles de consumo; pero necesitamos comprender que debemos detener nuestro consumo, racionalizarlo e incluso en casos disminuirlo, para que otros puedan superar el estadio de la inanición y vivir dignamente.

Enfermedades contra la crisis

Paradójico o no, las enfermedades parecen salir en ayuda de un mundo inmerso en una grave crisis, que como ya dijimos en ocasiones anteriores, es una crisis bancaria, que finalmente está afectando al ciudadano de a pie como última pieza de un dominó que ya no tiene a quien empujar antes de caer.
Es de sobra conocida la importancia económica de la industria farmacéutica, como también lo es su voracidad y falta de escrúpulos. Últimamente hemos sabido del acuerdo extrajudicial que Pfizer alcanzó con los afectados por sus ilícitas pruebas en la epidemia de meningitis en Nigeria en la última década del siglo pasado. También es reconocida la escasa efectividad del Tamiflú, antivírico que puso a la venta Roche para la gripe aviar que “asoló” el planeta hace 6 años.

Ahora, en medio de una situación crítica combinada con un descenso internacional en el uso de medicamentos aparece esta “oportuna” “pandemia”. Comillas separadas para diferentes ironías. Oportuna porque viene a reactivar los miedos milenarios, a velar los miedos económicos y a propiciar un repunte en la venta de medicamentos. Pandemia entrecomillada porque hasta ahora hemos dejado ese término para enfermedades que afectan a grandes cantidades de población y que provocan gran mortandad. Después de 10 días de que la enfermedad haya tomado relevancia mundial llevamos 25 muertes, ¡25! ¿Qué significa llamar pandemia a esto frente a la ignorancia de los miles que mueren de malaria? Cuando menos un insulto a la dignidad de quienes se encuentran en constante riesgo ante una enfermedad como esa porque no se quiere invertir en llevarles las vacunas existentes y desarrollar mejores.

Pero ahora nuestro benefactor Obama, va a aportar 63 mil millones de dólares en los próximos 5 años en la lucha contra la malaria y el sida. ¿A quien van a ir a parar? ¿A la investigación y desarrollo de las vacunas por parte de las grandes farmacéuticas o para su distribución en las zonas afectadas y que no cuentan con recursos? Son los claro-oscuros de la esperanza personalizada en este afroamericano convertido en presidente de la mayor potencia mundial.

Nos están hundiendo en el miedo. La crisis, el paro, la gripe,… Hasta los funcionarios y pensionistas se muestran atemorizados en momentos como este; sueldos asegurados todos los meses con precios que bajan es lo que pareciera ser un mundo perfecto. Pero ya que no pueden tener seguros sus ahorros, por el temor a que los bancos no les garanticen su liquidez, y eso no resultara suficientemente atemorizador, llega lo incontrolable a través del aire y el turismo; una gripe. Sí, es cierto que hace 90 años la gripe dejó más muertes que la sangrienta Gran Guerra, pero era hace 90 años. ¡Si al menos nos estuviera preocupando el efecto de este virus mutante en las debilitadas poblaciones de África o del sureste asiático!

Globalizamos el miedo, la necesidad de seguridad. Y si alguien nos ofrece globalizar la fraternidad lo miramos horrorizados. Cooperar, confiar, son una parte de las personas que se encuentran en estado crítico, y esta pandemia pocos la afrontan con medidas reales. Entre esos pocos están las alternativas bancarias éticas, como el proyecto Fiare ( www.proyectofiare.com ) o los modelos de hacer empresa alternativos al sistema ( www.economiasolidaria.org ). Fraternidad y confianza frente a competencia y miedo.

Premios y enlaces


Una buena amiga y seguidora me ha hecho partícipe de uno de esos premios que rondan por los blogs, en este caso educativos, lo cual es de agradecer, ya que una de las cosas a las que me dedico es esa, a educar. Y puestos a compartir, me gustaría compartirlo con:

El club de lectura de Olivenza, Entre Bellotas y Perdices, Princesa Coruja Cuentos y a La ciencia en mi familia

Pero además, es que nos han enlazado como blog, en EuroMundo Global con el que vengo colaborando en los últimos meses como panelista de opinión.

A pesar de las pocas entradas que figuran en el contador, he de reconocer que cada vez me leen más, y eso es siempre un placer difícil de cuestionar. Seguiré adelante pues.

¡¡Feliz día de la República!!.. otra vez

Pues sí, como viene pasando estos últimos 70 años toca felicitarse en un modelo de estado diferente, y por eso es necesario seguir recordando la fecha.

Hoy, de vuelta de Caminomorisco, hemos parado a comer algo en Torrejoncillo. Allí, el mesonero ha abierto una botella que le habían regalado por ser 14 de abril, y nos ha dicho que su abuelo mataba siempre un cabrito para celebrarlo.

En todo caso sería bueno para muchos republicanos recordar que el modelo de estado no es lo fundamental, sino que la comunidad que lo forme sea capaz de autogestionarse, cooperar, cuidar a los otros sean quienes sean, y todas esas cosas que sabemos por la tradición libertaria que en este país nuestro es tan abundante.

También valdría hoy, en la misma línea, recordar que cuando todo decae en política es porque la mística republicana ha claudicado, parafraseando a mi querido Péguy.

400 años de olvido e ignominia

El 9 de abril de 1609 el entonces rey de este reino nuestro, Felipe III acordaba con sus ministros la expulsión definitiva de los moriscos de estas tierras, que empezarían con la publicación del edicto en Valencia el 22 de septiembre de ese mismo año. Era el principio del fin de casi 900 años de presencia musulmana en España; los 325.000 moriscos censados entonces (el 5% de la población española de aquella época) debían abandonar su país, sus casas, y la mayor parte de sus posesiones, para afrontar un futuro incierto en tierras magrebíes.

En el edicto se se ordenaba que podían llevar lo que pudieran cargar ellos mismos, que se les mantendría en la travesía desde el Grau de Valencia, pero que quien no obedeciera podía ser desbalijado e incluso asesinado sin temor a represalias. La mayoría se había convertido al cristianismo de manera forzada, pero por lo mismo, al llegar a tierras africanas fueron perseguidos, hostigados y asesinados por haber cedido a las presiones cristianas. Sólo aquellos que permanecieron unidos, unieron sus medios económicos y se hicieron con una flotilla de barcos con los que comerciar y piratear por las costas africanas, consiguió sobrevivir a aquella monstruosidad que nuestro país se obstina en olvidar.

Celebramos los 500 años del descubrimiento de Ámerica con grandes fastos a ambos lados del Atlántico, pero ya entonces nos resistimos a conmemorar el comienzo de uno de los genocidios más grandes de la historia también a ambos lados. 17 años después nos llega la oportunidad para conmemorar otra fecha infame, y así recordar los errores pasados para no repetirlos en el presente y futuro. Es otra oportunidad para recordarle a las generaciones presentes que nuestra historia cultural está llena de contribuciones que vienen de aquellas personas que habitaron estas tierras, primero provenientes del norte de África, y luego arraigadas durante siglos con sus tradiciones y religión, conviviendo las más de las veces con el resto de tradiciones y religiones de la península (cristianas y judías).

Pero también es un momento de ver en quienes obligamos a cruzar el estrecho hacia África, el rostro de quienes hoy lo cruzan en sentido contrario, y que comparten con nosotros el día a día de la España de 2009. Que sufren la crisis y gozan de los beneficios de esta sociedad del bienestar al menos, tanto como nosotros, al igual que en 1609 sufrían una crisis motivada por la disminución de los recursos que llegaban del expolio de las colonias americanas, pero gozaban de las bondades de su tierra.

El impacto que sufrió la economía española con la expulsión fue tremendo, ya que se expulsaba a trabajadores especializados y artesanos que no serían recuperables de ninguna manera. El declive de nuestra economía fue definitivo. Hoy se vuelven a levantar voces que piden el endurecimiento de las leyes de inmigración, y volvemos a repetir cegueras y sorderas. Cuando la estupidez humana alcanza cotas insospechadas siempre es buen momento para echar la vista atrás, pararse a reflexionar y darnos un respiro para afrontar el día a día que siempre tiene sus dificultades, pero también tiene sus alegrías. Como no parece haber (nunca se sabe), un Cervantes que nos haga ver nuestros errores y los deje grabados para la eternidad de nuestra cultura, nos toca hacer entre todos y todas un esfuerzo de visibilización de lo que significó aquel 1609, y no vendría mal algún gesto por parte de los herederos en el trono para con aquellos que sus antecesores mancillaron, expulsándolos o ejecutándolos sumariamente.

Sobre la retirada de Kosovo

Creo que no cabe la menor duda que la torpeza diplomática española no deja lugar a dudas, sea cual sea el gobierno que la gestione, siempre acaba teniendo que explicarse y justificarse, y pedir escusas. Pero en el caso de Kosovo, todos leemos sobre la retirada, y nadie escribe porqué nos retiramos, salvo decir que nadie duda de la necesidad de hacerlo.

¿Nadie duda? Me pregunto como se puede dudar de algo a lo que no cabe duda, según todos los analistas, pero nadie entra en el motivo principal. Cuando la ministra Chacón fue a Kosovo la semana pasada, lo hizo como una ilegal. Nadie se ha percatado, que si hubiera sido interceptada por las fuerzas de seguridad de Kosovo, hubiera sido considerada una ilegal que había entrado en un país cuyo gobierno no reconoce y para actividades de tipo militar; eso es espionaje o cosas peores. No, no se rían, no hablo de exageraciones; planteense la situación al contrario, un kosovar que entra en España por un aerodromo y que siendo parte de su gobierno (aunque no reconocido), sea interceptado en las inmediaciones de una base militar….

Pero, ¿por qué arriesgarse a eso? Pues por no poder reconocer un estado naciente en el seno de Europa,…. El problema de Kosovo para España y Grecia, países de la Europa unida que no han reconocido el nuevo estado, es que su existencia cuestiona la estructura misma de sus fronteras internas en el primer caso, y de las externas en el segundo. Es la propia imagen de España como unidad la que se pone en cuestión con la existencia de Kosovo, y esa es la razón por la que es insostenible que tropas españolas sigan allí, ya que en breve pueden ser utilizadas para justificar su existencia, defenderla de ataques externos (que para nosotros no existirían) aunque fuera pasivamente, y en definitiva, serían el escudo de algo que no reconocemos.

¿Pero porqué nadie explica esto? Quizás ERC o PNV saquen a relucir el tema cuando la ministra o el mismo Presidente acaben explicando el tema en el Congreso, pero seguro que estará poco presente en los medios. La censura del Estado se ha puesto en marcha, las razones de estado son muy poderosas razones, y la unidad del estado como existe hoy es incuestionable.

Se acerca otro 14 de abril, y volverá el federalismo a la palestra.

"Por una vida más frugal" de Nicolas Ridoux

La filosofía del ‘decrecimiento’ reivindica que debemos trabajar menos para vivir mejor. Propone una crítica constructiva y pluridisciplinar que ponga en cuestión la búsqueda obsesiva del «cada vez más».

En el origen de la grave crisis actual hay una nueva manifestación de la desmesura, de la búsqueda infinita de omnipotencia. Las empresas y entidades financieras han estado persiguiendo obtener unos beneficios en crecimiento perpetuo. En esta búsqueda incesante del «cada vez más», los mercados existentes no bastaban, y hubo que crear mercados incluso donde no existían. Las consecuencias de todo ello en la economía real serán por desgracia de amplio alcance, y afectarán especialmente a los más débiles. Como consecuencia de esta crisis, la mayoría de nuestros dirigentes, antes neoliberales, de repente parecen haber descubierto a Lord Keynes. Pues bien, ¿qué es lo que Keynes nos dice? «La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como saber librarse de las antiguas».

Eso es lo que pretende el movimiento del «decrecimiento», que propone una crítica constructiva, argumentada, pluridisciplinar, de rechazo de los límites que constriñen nuestras sociedades contemporáneas, para así poder liberarnos de ese «cada vez más». La filosofía del decrecimiento trata de explicar que en muchas ocasiones «menos es más».

¿Qué es exactamente lo que está ocurriendo en nuestros días? No estamos padeciendo una crisis sino un conjunto de ellas: crisis ecológica (energética, climática, pérdida de la biodiversidad, etcétera); crisis social (individual y colectiva, aumento de las desigualdades entre las naciones y en el seno de las mismas, etcétera); crisis cultural (inversión de valores, pérdida de referentes y de las identidades, etcétera); a lo que ahora se añade la doble crisis financiera y económica. Todas ellas no son crisis aisladas, sino más bien el resultado de un problema estructural, sistémico: cuyo origen está en la desmesura, en la búsqueda obsesiva del «cada vez más».

¿Qué se puede decir sobre la crisis económica desde el punto de vista de quienes somos «objetores al crecimiento»? Que nadie se equivoque, porque decrecimiento no es sinónimo de recesión. Tal como escribí hace más de dos años: «No hay que elegir entre crecimiento o decrecimiento, sino más bien entre decrecimiento y recesión. Si las condiciones ambientales, sociales y humanas impiden que siga el crecimiento, debemos anticiparnos y cambiar de dirección. Si no lo hacemos, lo que nos espera es la recesión y el caos».

Ahora hemos entrado en recesión, pero que nadie se confunda, no en una sociedad de «decrecimiento». Para empezar, no hemos cambiado nuestra organización social, y en la actual organización todas las instituciones y mecanismos redistributivos se nutren de la idea del crecimiento. En una sociedad así, cuando el crecimiento falta, la situación es inevitablemente dramática. El decrecimiento es algo totalmente distinto. Significa crecer en humanidad, esto es, teniendo en cuenta todas las dimensiones que constituyen la riqueza de la vida humana.

El decrecimiento no es un crecimiento negativo, ni propugna tampoco una recesión ni una depresión; sería ridículo tomar nuestro sistema actual y ponerlo del revés y de esa manera intentar superarlo. El decrecimiento supone que debemos desacostumbrarnos a nuestra adicción al crecimiento, descolonizar nuestro imaginario de la ideología productivista, que está desconectada del progreso humano y social. El proyecto del decrecimiento pasa por un cambio de paradigma, de criterios, por una profunda modificación de las instituciones y un mejor reparto de la riqueza.

Es claro que el crecimiento económico pretende aliviar la suerte de los más desfavorecidos sin tocar demasiado las rentas de los más ricos, para no enfrentarse a su reacción política. En ese sentido, el decrecimiento pasa necesariamente por una redistribución (restitución) de la riqueza.

En un mundo de recursos limitados, las cosas no pueden crecer de manera indefinida. Por eso, «la objeción al crecimiento» habla de la necesidad de compartir, el regreso de la sobriedad, en particular para aquellos que sobreconsumen. Hacemos nuestras estas palabras de Evo Morales, presidente de la República de Bolivia, que el 24 de septiembre de 2008 afirmó en la Asamblea General de las Naciones Unidas: «No es posible que tres familias tengan rentas superiores a la suma de los PIB de los 48 países más pobres (…) Estados Unidos y Europa consumen de media 8,4 veces más que la media mundial. Es necesario que bajen su nivel de consumo y reconozcan que todos somos huéspedes de una misma tierra».

Hay que acabar con la idea de que «el crecimiento es progreso» y la condición sine qua non de un desarrollo justo. El crecimiento es adornado por sus defensores con todas las virtudes, por ejemplo en materia de empleo. Sin embargo, como dijo Juan Somavia, director general de la OIT, en su informe de enero de 2007: «Diez años de fuerte crecimiento no han tenido más que un leve impacto -y sólo en un pequeño puñado de países- en la reducción del número de trabajadores que viven en la miseria junto con sus familias. Así como tampoco ha hecho nada por reducir el paro». En efecto, los beneficios empresariales han sido tan enormes que ni siquiera un crecimiento fuerte ha podido crear empleo, de ahí la persistencia del paro. La recesión agrava brutalmente este problema. Pero es ilusorio pensar que, para que todo el mundo tenga trabajo, lo que hay que hacer es restaurar el crecimiento económico y aumentar cada vez más las cantidades producidas; esta sobreproducción no tiene ningún sentido, no consigue el pleno empleo y, encima, compromete gravemente las condiciones de supervivencia del planeta.

Volvamos a Keynes, aunque no el que relanza las economías desfallecientes gracias a la intervención del Estado, sino al que escribía en sus Perspectivas económicas para nuestros nietos (1930) que sus nietos (es decir, nuestra generación) deberían liberarse de la coacción económica, trabajar 15 horas semanales y tender a una mayor solidaridad que permitiese compartir el nivel de producción ya alcanzado. No hacerlo así, según él, nos llevaría a caer en una «depresión nerviosa universal».

La filosofía del decrecimiento hoy dice que debemos trabajar menos para vivir mejor. No tener la mira puesta en el poder adquisitivo (que a menudo es engañoso y reduce al hombre a la única dimensión de consumidor), sino buscar el poder de vivir. Se trata de cambiar la actual organización de la producción y repartir mejor el trabajo: utilizar los beneficios obtenidos para que todos trabajen moderadamente y todas las personas tengan un empleo. Esta reorganización debe ir acompañada de una revisión de las escalas salariales. No es aceptable que algunos empresarios ganen varios centenares o miles de veces más el salario de sus propios trabajadores.

Reducir la cantidad de trabajo permitiría asimismo que pudiésemos llevar una vida más equilibrada, que nos realizáramos a través de cosas que no sean la sola actividad profesional: vida familiar, participación en la dinámica del barrio, vida asociativa, y también actividad política, práctica de las artes…

Un modo de vida más frugal, que se tomara en serio los valores humanistas y tuviese en cuenta la belleza, conduciría a producir menos pero con mejor calidad. Una producción de calidad pide habilidad y tiempo, y ofrecería empleos numerosos y más gratificantes. Supone no recurrir sistemáticamente a la potencia industrial (exige sobriedad energética) lo cual mejoraría la necesidad de fuerza de trabajo (como se observa al comparar la agricultura intensiva, muy mecanizada, gran consumidora de petróleo pero parca en mano de obra, con la agricultura biológica). De esta manera, quizá también se pudiese equilibrar mejor trabajo intelectual y trabajo manual, y combatir al mismo tiempo la epidemia de obesidad que padecen nuestras sociedades demasiado sedentarias.

Devolver el protagonismo a la persona, restaurar el espíritu crítico frente al modelo dominante del «cada vez más» y abrir el debate sobre nuestra forma de vivir y sus límites, saber tomarse tiempo para mantener una relación equilibrada con los demás, ése es el camino que propone la filosofía del decrecimiento. Se trata de sustituir el crecimiento estrictamente económico por un crecimiento «en humanidad». Es una tarea estimulante, un desafío que merece la pena intentar.

Nicolas Ridoux es autor de Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento (Los Libros del Lince).

Este artículo ha sido publicado por El País en sus columnas de Opinión de la edición del 21 de marzo de 2009.