Cada día que pasa tengo que reconocerme menos católico y más cristiano. Durante un largo tiempo, los primeros 25 años de mi existencia fui un agnostico convencido, que si bien creía en una forma superior de entendimiento, no consideraba que tuviera nada que ver con la figura histórica de Jesús de Nazaret. Pero en un proceso que realizamos mi mujer y yo juntos, se produjo mi conversión al catolicismo, con participación activa en la vida parroquial y una inmersión cada vez mayor en el terreno de la teología.
Hasta entonces mi formación filosófica me había llevado a estudiar (y compartir) a muchos filósofos católicos, y quizás por ello comencé a moverme por ese terreno con mayor facilidad. Pero desde el principio, mi postura fue crítica con muchos aspectos de una religión en la que creía, pero que consideraba debía cambiar.
La verdad es que desde entonces a ahora, he mantenido dicha postura crítica, pero vista desde dentro he tenido la oportunidad de ver que la estructura es netamente de poder y que muchas de las cosas que yo consideraba debían cambiar (en un proceso en el que los creyentes se implicaran) no lo iban a hacer porque el interés es muy grande en que eso no suceda.
La pérdida de control sobre determinadas cuestiones está sobreviniendo al catolicismo de forma paulatina, lo que ha hecho que se aferre a aspectos de gran trivialidad, para mantener a unos fieles, que en muchos casos lo son por costumbre; la concepción pura de María, las procesiones, la imaginería, …. ¿Acaso puedo imaginar mayor gloria para María que el fiat, que tenemos que aferrarnos a la purísima concepción?
Y todo esto además se trasluce en un profundo avance de las posturas más recalcitrantes dentro de la jerarquía y en los mismos laicos.
Por todo ello, si bien algunos ya me lo han oído decir, me considero desde hoy un cristiano sin iglesia, ya que ninguna de sus representaciones terrenas puede aceptar mis planteamientos autocríticos y reformistas. Tal y como se considerar Péguy al intentar retornar al seno del catolicismo, hoy cruzo en sentido de salida, la puerta que crucé oficialmente en 1990 en sentido opuesto. Sin apostasías, sin papeles, no como entré, con testigos y notario de la iglesia. Aunque públicamente, con pena eso sí, y con la proximidad que he mantenido siempre como creyente al ateo, y como crítico al creyente.
