De dioses y humanos: universo Marvel 1ª parte

El gran mito de la Modernidad, ese periodo que coincide con lo que se ha llamado Época de las Luces, la Ilustración, es el de que la Ciencia podría hacernos libres y absolutos conocedores del Universo, y por tanto dotados de un poder cada vez mayor. El ser humano contínuamente enfrentado a esa imagen de los dioses griegos, tan cercanos que podíamos tocarlos e incluso mezclarnos con ellas y ellos, pero a la vez con unos poderes infinitos.

Así, el siglo XX, con sus miedos a la destrucción total y a los enemigos que surjen tras cada esquina, introdujo esa situación en sus comics y Marvel apostó por la Ciencia como gran aliada y a la vez potencialmente enemiga. En el camino de darnos héroes que admirar se introdujo una variada colección de personas (hombres la gran mayoría) que o bien resultaban potenciados accidental (Spiderman, Ant-Man) o interesadamente (Hulk), pero que ponían sus poderes al servicio de la gente frente al mal, encarnado en similares malvados, que intencionada o accidentalmente adquirían unos poderes, siempre provenientes de investigaciones científicas.

Los dos personajes que se salen de esa norma son Iron Man y Thor. El primero porque es un hombre potenciado tecnológicamente, es el resultado de un corazón biónico y una armadura como si fuera un Mazinger Z tamaño natural. El segundo es un Dios, de una cultura que tradicionalmente ha generado mucho interés en la cultura anglosajona, la nórdica. Ambos van a servir de contrapunto al personaje estandarte de Marvel, Capitán América.

Este soldado enclenque es convertido en un superhombre dotado de múltiples poderes que le permiten cumplir su misión; luchar por el mundo libre contra los malvados que pretenden sojuzgarlo. Es un Prometeo moderno, que ha adquirido no solo los colores del país cuyos valores encarna, sino los poderes que tanto deseaban los humanos de la Grecia antigua ante sus dioses; unos poderes que les permitieran el asalto al Olimpo. Igual que Nietzsche declaró la muerte de Dios, Marvel se encargó de presentarnos que era posible para la humanidad sustituir a aquel gracias a la Ciencia, y un poco de ayuda de la magia robada a los mismos dioses.

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Comic y filosofía: Universo DC 1ª parte

El comic es una forma de expresión artística que ha alcanzado unos niveles de evolución tremendos durante el siglo XX, y con ello su capacidad de influir en la sociedad han sido equivalentes.

 

El cine de este comienzo de siglo ha convertido a los dos grandes monstruos de esa industria, DC y Marvel, en grandes maquinarias de producir pensamiento, de influir en las masas, y sobretodo entre los menores de 30 años. Pero ya en los comienzos de su desarrollo se buscaba intencionalmente esa influencia. Por ello me gustaría hablar hoy de Superman y Wonder Woman.

Ambos hijos de dioses o equivalentes, comparten una doble vida en la tierra que les lleva a mantener en secreto su verdadera naturaleza, pero el primero no deja de ser el equivalente de los dioses griegos, destructivo, condescendiente y protector, mientras que la segunda nos muestra que el verdadero objetivo es saber la verdad, no mata a sus enemigos y pretende que la humanidad cambie. El nacimiento como comic del primero se debe a la necesidad de elevar la moral de una nación sumida en la crisis económica y necesitada de líderes. La segunda, nace de la mente de un psicólogo, Marston, que quería transmitir los valores del feminismo y las capacidades de la mujer, que para él era imprescindible par aun nuevo mundo. Wonder Woman llegó a ser mucho más vendida que Superman, pero en 1945 cayó en desgracia por las críticas al erotismo y referencias a la homosexualidad y otras cuestiones delicadas en una época de persecuciones políticas en USA.

La transmisión de valores en estos dos casos es directa, y se ha mantenido en el tiempo. Curiosamente, en las películas más recientes del universo DC ambos personajes se muestran complementarios, y se les presenta como contrapeso a la otra figura relevante de esta compañía a la que dedicaré otro apartado, Batman.

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Merlí y la enseñanza

Hay ocasiones en las que el atrevimiento en las artes ilumina los caminos que se nos abren a la acción y al pensamiento, siendo su intencionalidad no necesariamente esa. Eso sucede en esta época con películas y series de televisión. Eso sucede con Merlí.

Merlí es una serie de TV3 que acaba de terminar hace una semana con la finalización de su tercera temporada. Un total de 40 episodios en los que un profesor de filosofía de bachillerato con maneras poco comunes se enfrenta a la tarea de volver a dar clases gracias a una sustitución, en una zona imprecisa de Barcelona y con un alumnado poco acostumbrado a tener sorpresas con el profesorado.

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He visto y leído varias críticas y comentarios a la serie, pero tienden a centrarse en la manera “especial”, “atípica”, “diferente” de dar las clases de este hombre a punto de cumplir los 60, y con una personalidad como poco, peculiar. Pero siendo un detalle importante, lo son otros elementos que habría que tomar en cuenta para poder valorar mejor las aportaciones, y también los peros de la serie.

A pesar de que creo que sobreabunda el sexo, es un tema tan recurrente en el medio audiovisual de España, que Merlí no escapa a ello, a pesar de ser una serie muy catalana, y no me parece realmente que entorpezca la comunicación de lo relevante, sino que incluso en algunos momentos ayuda. Lo realmente destacable en lo negativo desde mi punto de vista es la cuestión de la poca o nula diversidad entre las procedencias de las y los protagonistas. En el aula hay 11 chicos y chicas protagonistas y otros tantos que son de relleno; entre estas últimas hay gente de origen africano, asiático y posiblemente latinoamericano, pero entre el grupo principal, todas son españolas. Sólo la última incorporación a la serie, el personaje es una ucraniana adoptada, pero la actriz es local. Esto, en una Barcelona multicultural no parece muy adaptado a la realidad, y podría haber mostrado con mejor detalle las problemáticas de un grupo de jóvenes de 17 a 19 años, haciendo el bachillerato en un barrio de Barcelona con cierta diversidad de procedencias socioeconómicas.

El mayor acierto según la mayor parte de las críticas es mostrar que se puede enseñar la filosofía de otra manera, e indudablemente no voy a negar que es un factor muy importante para considerarla positivamente. La filosofía lleva demasiado tiempo siendo desconsiderada y reducida en importancia en los curricula escolares, y el modo de enseñanza del profesor que espera que se memorice y repita unos contenido que explica magistralmente, ya era hora que empezara a verse superado en las series de adolescentes al uso. Cada capítulo se dedica a un autor o autora, de diversas épocas, de Grecia a los días actuales. No sólo se incorpora a mujeres filósofas, sino que además se incluyen pensadores del presente, o por ejemplo de Asia. Cada capítulo va dando unas pinceladas de su pensamiento, que van a servir de canal para el desarrollo de la temática del capítulo, descubriendo los protagonistas la relación entre ambas cosas. Y las formas pedagógicas de Merlí, llevando a su clase al patio, a la cocina o fuera del centro a realizar la clase, encauzando la temática hacia las preocupaciones reales de quienes tiene delante, resultan sorprendentes ante lo que se encuentra normalmente, es cierto. Pero es que en lo filosófico, Merlí quiere fundamentalmente conseguir que esas chicas y chicos piensen, e incorporen la reflexión a su día a día, y eso es lo que más debería hacerse notar de sus formas.

Por otro lado, se ha criticado la incoherencia del personaje, la falta de cohesión entre el profesor y el hombre fuera del centro. Creo que precisamente este es un elemento clave para otro elemento que no se ha puesto en valor de la serie; Merlí no limita su actuación a su relación en el aula. Se preocupa por el día a día de quienes tiene delante, e interviene, se implica. De haber sido una persona perfecta, eso hubiera llevado a un personaje angelical, y por tanto poco real. Merlí es como sus alumnas y alumnos, imperfecto, con errores, con miedos y con incongruencias. Y en el paso de las 3 temporadas vamos a verle incluso en el centro de la segunda como duda de que esa implicación sea positiva, siente celos de otra profesora, y se retrae en su relación de proximidad.

El proceso educativo es en realidad mágico. Precisa de una constante puesta en juego de lo que cada una de las partes es, para que surja el milagro del aprendizaje. La memorización es fruto de la suerte o del esfuerzo; el aprendizaje es una reacción, química decimos muchas veces, en la que alguien cuenta y otro entiende, que no está falta de esfuerzo y concentración, pero que lo contingente es esto último, y lo necesario, la magia. Eso es lo que muestra perfectamente Merlí.

Moral, Ley Natural y Tracendencia

Anteayer, Víctor Bermúdez, profesor de Filosofía en Mérida, publicaba en El Periódico de Extremadura un artículo a raíz de los estudios científicos que hablan del origen fisiológico y por tanto también en el tiempo, origen primate, de nuestra moral y nuestra ética.

Termina dicho artículo con el siguiente párrafo:

Una conclusión de todo esto es que resulta imposible sustituir la educación ética por psicofármacos (o por neurocirugía), o por una reflexión frente a la jaula de los primates. Además, esta imposibilidad es lógica, no fáctica. Por lo que es insuperable, y tan inmortal como lo son los dioses. Pero creo que insinuar la necesidad racional de lo trascendente como condición de la moral es más de lo que podría soportar un primatólogo materialista. Lo dejamos, pues, para otra ocasión.

Creo que el concepto de Naturaleza, en la acepción que nos lleva a pensar en la existencia de una Ley Natural, debemos extirparlo de nuestro vocabulario, con el fin de progresar en el camino por un lado de asumir nuestra parte biológica con todas sus consecuencias, pero también para poder aceptar que una persona humana tiene la capacidad de trascendencia, sino la necesidad. Y todo ello ayudaría de paso a que asumiéramos a nuestras hermanas no humanas dentro los criterios de convivencia que nuestro planeta demanda.