Uno siempre se pregunta donde está realmente el otro, ese otro que en nuestros estudios de filosofía nos dicen que nos interpela, y que para algunos es la base de la relación humana, de la persona. Yo me encontré con él, más bien con ella, el día 14 de mayo, a eso de las 9 de la mañana, en Tánger.
Aunque no eramos turistas, en ese momento actuábamos como tales. Íbamos a la Medina a comprar aceitunas, y alguna cosa más que traernos a este lado del Mediterraneo, que nos une y nos separa, a veces de manera abismal. Habíamos sacado unas fotos incluso al Café de Paris, donde se rodaron algunas de las escenas de la última película de la saga de Bourne. Justo a la vuelta de éste, y bajando hacia la Medina se encuentra uno de los hoteles de lujo de Tánger. Unos metros más abajo, estaba Joe. De pie, con el bebé amarrado a su espalda. Destacaba su negrura, por la extraña escasez de subsaharianos en el entorno, no porque resultara molesta o anormal. Marcas en los pómulos en las que no reparé hasta más tarde indicaban una procedencia bastante más al sur del Magreb.
En un primer momento pasamos de largo, pero esa inseguridad que produce no saber nunca si no dar unas monedas estará mal o bien, nos hizo finalmente retroceder y realizar ese acto siempre dificil de la limosna. Volvimos a emprender el camino. Un camino de turistas, como decía. Y entre esas banalidades estaban las aceitunas. En Marruecos existe una grna cantidad de aceitunas y de formas de prepararlas, presentadas siempre con esmero para resultar lo más apetitosas que sea posible.
De una forma silenciosa e inesperada volvió a aparecer, a nuestro lado, volvía a pedir unas monedas. Pacientemente, esperó sacando alguna aceituna de uno de los montones cada vez que el tendero apartaba la mirada. Aunque a mí no me pareció que nos reconociera de antes, siempre cabe la posibilidad de que nos hubiera seguido, pero es muy posible que pensara que podía conseguir algo más, como así sucedió, pero esta vez con algo más de comunicación.
Le pregunté qué quería, y a su espuesta de «monedas» en francés, le pregunté si necesitaba algo más. A esto me dijo que no entendía, que le hablara en inglés. Una vez cambiado el registro, me respondió que cereales para su bebé. Ya con nuestras aceitunas la seguimos hasta un puesto de abarrotes que estaba cerca del de aceitunas. Allí ella pidió una caja de cereales, y ante la desconfianza notable del tendero le indiqué que nosotros pagabamos. El marroquí no paraba de mirarnos y mirarla, a nosotros con incredulidad y a ella con desprecio. Mientras, yo traducía las preguntas que se hacía en voz alta Ipe,… ¿de donde viene? ¿a donde va?… Nigeria,… y como no, España. Esperaba a cruzar, nos dijo con cara de sorpresa,.. sí era sorpresa lo que reflejó su rostro.
En realidad la pregunta fue inicialmente sincera, y después entendí que nunca había hecho una pregunta más retórica que aquella. Mientras pagábamos ella nos dio su bendición. Nunca he sentido que esa bendición fuera más injusta que entonces. No sé si comprendió bien mis palabras, aunque al cogerle la mano creo que se profujo ese flujo de comunicación no verbal suficiente, y le dije que ella iba a necesitar más a Dios que nosotros, que esperaba estuviera con ella, y le pregunté si sabía el peligro que se le avecinaba… ella sólo sonrió y asintió.
Después de eso se fue, y nosotros también. En sentidos opuestos. Yo recuerdo que si Ipe ya había empezado a llorar mientras hablabamos, yo recorrí el camino de vuelta con una creciente congoja. La inseguridad de haber hecho lo correcto, si era insuficiente, si no deberíamos haber hecho mucho más….
Desde entonces sé que no puedo oir hablar de pateras sin ver su rostro. Cada ahogado, cada expulsado, son Joe. Tienen rostro, tienen una mano que he tocado.
Gracias Juan Carlos, por hacernos ver las cosas a traves de tus ojos y tus vivencias, y por darle un nombre a todas esas personas que vemos en las noticias y a las que nunca prestamos suficiente atencion desde nuestra vida comoda y feliz, muchas gracias.Elvira.
Hola Juan Carlos, que angustia deja esta entrada…La verdad es que no se que decir, ahora no dejo de pensar en la gente que conozco que ha pasado por algo parecido…Siempre me he preguntado si saben lo que les espera aqui cuando se marchan.Bueno ya no se que mas decir, de verdad que me has dejado pensativa con esta entrada…Besos